16.2.07

[tema] EMOCIONS I INTEL·LIGÈNCIA SOCIAL

Publiquem un escrit que ens ha enviat Ignacio Morgado. L'investigador acaba de publicar "Emocions i intel·ligència social".

Las claves para la alianza entre los sentimientos y la razón

A los creadores de sentimientos positivos

Nada nos hace sentir tan humanos como las emociones. Tan humanos y tan dependientes. Cuando un sentimiento poderoso nos invade ocupa casi todo el espacio de nuestra mente y consume buena parte de nuestro tiempo. Si ese sentimiento es indeseable, sólo hay una forma rápida de eliminarlo, de sacarlo de nuestra mente: otra emoción, otro sentimiento más fuerte, incompatible con el que queremos desterrar.

Basta darnos cuenta como cambia instantáneamente nuestro mal humor y agresividad hacia ese conductor que se nos cruza y casi nos atropella cuando nos enteramos de que se dirige al hospital donde acaban de ingresar muy grave a un familiar. Llegamos incluso a sentirnos culpables y avergonzados de nuestro enfado precedente. Pero lo que cambia al saber lo que pasaba no es el daño que ese conductor nos había hecho, sino nuestro modo de considerarlo. La simple razón -¡tranquilo hombre, no pasó nada!- no tiene la capacidad de una nueva emoción incompatible con nuestro actual sentimiento para cambiar casi instantáneamente el modo en que vemos las cosas. Con el paso del tiempo hasta los sentimientos más fuertes se desvanecen, pero a corto y medio plazo en la mayoría de ocasiones de la vida sólo las propias emociones tienen capacidad para superarse a sí mismas. O ¿acaso la mejor forma de superar una crisis sentimental no es suscitar un nuevo romance?

Ciertamente, los sentimientos tienen más fuerza de la que podemos imaginar y determinan la mayor parte de nuestra conducta. Elegimos a la pareja de la que nos enamoramos, aunque no nos convenga. Nos empecinamos en nuestras opiniones y apuestas incluso cuando sabemos que no se justifican. Criticamos el juego, el proyecto o la idea del rival, aunque sean estupendos. Votamos a quien nos cae bien, aunque no sea el mejor candidato en lid. Podemos ser incapaces de salvar la vida de una persona enferma negando la cesión del órgano del ser querido que acaba de fallecer, aunque sabemos que ese órgano en pocos días no será otra cosa que polvo inútil. Podemos llegar a sufrir, a odiar o a amar con intensidad inimaginable. Las emociones influyen en nuestras reacciones espontáneas, en nuestro modo de pensar, en nuestros recuerdos, en las decisiones que tomamos, en cómo planificamos el futuro, en nuestra comunicación con los demás y en nuestro modo de comportarnos. Son críticas para establecer el sistema de valores, las convicciones y los prejuicios que guían nuestra conducta y determinan también nuestro comportamiento ético. Resulta, en fin, imposible separar el bienestar del estado emocional de las personas.

Pero entonces, ¿para qué sirve la razón? Con frecuencia la enfrentamos con los sentimientos y aunque a veces admitimos que no hay nada tan poderoso como estos últimos, solemos enfatizar el valor de la primera. Conferimos superioridad a la razón porque creemos que imponerla sobre los sentimientos es un síntoma de sentido común, de madurez y de equilibrio personal. La utilizamos para combatir los sentimientos cuando son indeseables pero no siempre nos percatamos de que esa misma indeseabilidad tiene también mucho de sentimiento, aunque la justifiquemos con argumentos racionales. Es decir, muchas veces mentimos y nos engañamos a nosotros mismos al justificar racionalmente lo que en realidad estamos haciendo por razones emocionales.

¿Significa todo ello que la razón aunque lo pretenda no sirve para combatir las emociones indeseables? Ciertamente eso es lo que ocurre con harta frecuencia en la vida, pero no siempre. Un buen planteamiento racional puede acabar con un determinado sentimiento aunque es improbable que lo logre si no consigue crear otro sentimiento incompatible con el que se quiere eliminar. Esa es la clave, quitamos una emoción poniendo otra más fuerte en su lugar y es por eso que solemos hablar más de “cambiar” nuestros sentimientos que de anularlos o abolirlos, como si fuera imposible, que lo es, “vaciar” nuestra mente de emociones. No imponemos pues la razón a los sentimientos sino que utilizamos aquella para cambiar nuestras emociones y la conducta que de ellas se deriva.

Es por ello, que el mal llamado “equilibrio emocional” no consiste tanto en victorias o imposiciones racionales, ni en la represión o el control de las propias emociones, como en el encaje o acoplamiento entre nuestras emociones y nuestro razonamiento, o sea, en un equilibrio entre diferentes procesos mentales. Cuando ese equilibrio no existe porque dominan los sentimientos, el pensamiento racional puede convertirse en una voz de la conciencia que no nos deja vivir. Sería el caso del enamorado infiel o el de quien triunfa plagiando o engañando. Ese pudo ser también, tal como sugería un editorial del diario El País, el motivo principal por el que el Nóbel de literatura alemán Günter Gras decidió recientemente dar a conocer su antigua pertenencia a las juventudes de las SS nazis.

Por el contrario, cuando domina la razón, los sentimientos pueden hacer lo propio, castigándonos del mismo o peor modo. Es el caso de quien elige la carrera profesional o la pareja sexual que lógica o supuestamente le conviene en lugar de la que verdaderamente le motiva.

Ocurre que en tales circunstancias no nos sentimos bien hasta que dándole vueltas al asunto que nos ocupa logramos convencernos a nosotros mismos de que nuestro sentimiento es aceptable porque tiene una base racional. O hasta que, razonando, generamos una nueva emoción ajustada a nuestra lógica que suplanta al sentimiento perturbador e indeseable. En ambos casos, el resultado viene a ser que el estado emocional negativo, a veces insoportable, producto del desequilibrio, pierde fuerza. Pero para que el equilibrio logrado se traduzca en bienestar es necesario además que los sentimientos finalmente alcanzados sean positivos, pues los negativos, como la frustración, la envidia o el odio, aunque sean justificados, pueden ser inevitables, pero rara vez reconfortantes para quien los experimenta.

No nos engañemos acerca del “razonable” imperio de la razón. El bienestar psíquico tiene mucho que ver con el logro del necesario acoplamiento entre la lógica y los sentimientos, entre la emoción y la razón. Para conseguirlo utilizamos principalmente la razón porque tenemos sobre ella un control mucho más directo que sobre nuestras emociones. Por así decirlo, la capacidad de razonar está en buena medida a nuestro alcance, es nuestra, mientras que la emoción se nos impone, sin que podamos evitarla o controlarla con facilidad. Es cierto que la razón puede ayudarnos a ver las cosas de otra manera y regular de ese modo nuestras emociones, y aunque el esfuerzo de racionalidad pura -¡si lo piensas bien no es para ponerse así!- puede no ser suficiente para anular los sentimientos indeseados, especialmente cuando son negativos e intensos, en muchas ocasiones puede servir para moderar, modificar o incluso impedir las respuestas emocionales inconvenientes, es decir, para evitar proferir un insulto o un mal gesto cuando estamos enfadados, o también para intentar ocultar nuestra expresión de preocupación, o de satisfacción, cuando no nos conviene mostrarla.

La razón, como decimos, sirve sobre todo para generar nuevas emociones que puedan suplantar los sentimientos que ya tenemos o también, ciertamente, para potenciarlos al evocar viejas memorias relacionadas o suscitar argumentos añadidos en una espiral creciente de autoafirmación emocional. Emoción y razón son procesos mucho más inseparables de lo que solemos creer. No podemos convertirnos en seres que anulan o aparcan sus sentimientos. Sólo la inmadurez cerebral o la enfermedad pueden originar seres o comportamientos puramente emotivos o puramente racionales y sólo el equilibrio emoción-razón garantiza el bienestar de las personas.

No son ideas nuevas, pues como muy bien ha recordado el neuropsicólogo Antonio Damasio en un libro reciente, el filósofo holandés del siglo XVII Benedictus Spinoza ya afirmaba que la única manera de superar una pasión irracional es mediante un afecto positivo más fuerte y desencadenado por la razón. Pero no tenemos que ir a Holanda para descubrir a quien tempranamente describió con brillantez características prácticas y muchos de los secretos del control emocional. En 1647 el jesuita aragonés Baltasar Gracián publicó El arte de la prudencia, una magnífica colección de 300 aforismos cuyo contenido, tan válido hoy como los tiempos de su autor, aconseja sobre aptitudes y maneras personales de salir exitosos en el mundo hostil y competitivo que nos rodea. Un análisis preciso de los contenidos de esos aforismos nos indica que en su mayoría se refieren al modo de tratar, de domesticar o controlar las emociones propias y ajenas para conseguir lo que uno se propone, especialmente en las relaciones sociales. Un tratado en definitiva de lo que hoy, sin haber descubierto nada nuevo, solemos llamar “inteligencia emocional”.

Los individuos que nacen con una alta reactividad emocional tienen capacidad para vivir la vida intensamente y experimentar con frecuencia y fuerza todo tipo de emociones, tanto positivas como negativas. Pueden gozar más, aunque también sufrir más, que aquellas otras personas que heredan menos recursos emocionales. Pero la genética no es necesariamente un destino determinado para nadie porque el cerebro y la mente son plásticos, flexibles y cambiantes. La conducta resulta siempre de una interacción entre lo que heredan las personas y el ambiente en el que viven y conviven. Ello significa que podemos aprender a controlar y utilizar los sentimientos para conseguir bienestar y logros de todo tipo. Ese aprendizaje puede y debe comenzar en la infancia y ser producto de una adecuada educación emocional. Tal educación debería formar parte de los planes institucionales y a ella deberían prestarse familiares y maestros de una manera especial y comprometida. Más aún, el aprendizaje emocional puede tener lugar a lo largo de toda la vida. Nunca es tarde para reconducirnos sentimentalmente en sentido positivo.

Los impulsos emocionales de cada individuo pueden ser difícilmente evitables, pero está demostrado que pueden modificarse y reconducirse, aprovechando su fuerza en el sentido conveniente para generar bienestar individual y social. Aunque las personas normales no pueden vaciar su mente de sentimientos, pueden esforzarse para que esos sentimientos sean mayoritariamente positivos y útiles. Como ha dicho el neuropsicólogo Antonio Damasio, lo mejor del comportamiento humano no se halla necesariamente bajo control del genoma. Podemos aprender a establecer alianzas entre nuestros sentimientos y nuestra razón. En la práctica ese aprendizaje puede resultar lento y costoso, pero vale la pena intentarlo, porque vivimos en un mundo hostil, donde nada hay como las emociones positivas para disminuir el conflicto y aumentar la cooperación entre las personas. “Saber vivir es convertir en placeres lo que debían ser pesares”, afirma Gracián. Aprendamos pues a utilizar la razón para cambiar los sentimientos negativos, para convertir el odio en compasión, la frustración y la aflicción en empeño por superarnos, la envidia en respeto y admiración, y la soberbia en humildad.

Ignacio Morgado Bernal. Universidad Autónoma de Barcelona